PÃdeme lo que quieras
PÃdeme lo que quieras Pero no todo es fácil. La tentación de caer en viejos patrones siempre está al acecho. Una noche, Judith se encuentra en su cama, desnuda, con Eric sobre ella. Pero esta vez, se detiene.
—No quiero que volvamos a lo de antes —dice ella, con firmeza.
—Ni yo —responde él—. Quiero construir algo contigo… sin destruirte.
Y entonces, poco a poco, el deseo deja de ser una trampa para convertirse en un puente. Se redescubren en la cotidianidad: cocinan, discuten por cosas pequeñas, se rÃen de sà mismos. No son una pareja perfecta, pero sà una pareja en proceso.
Judith vuelve a confiar, pero sin entregarse ciegamente. Eric aprende a soltar, sin dejar de amar. Se respetan, se cuidan, se desean. Y cuando vuelven a hacer el amor, ya no es un juego de poder… sino una danza sincera entre dos cuerpos que han sobrevivido al fuego.
—Te amo —le dice Eric, por fin, sin titubeos.
—Yo también. Pero me amo a mà primero.
Y en esas palabras, Judith resume todo su viaje: del deseo impulsivo al amor consciente. Del sometimiento a la libertad emocional. Ha aprendido que amar a alguien no significa perderse… sino encontrarse mejor en los ojos del otro.