Billy Budd, marinero

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En dicha ceremonia, como en los demás actos públicos relacionados con la tragedia, se observó estrictamente la costumbre. No podría haber sido de otro modo, pues, de haberse desviado lo más mínimo en lo relativo a Claggart o a Billy Budd, se habría dado pábulo a indeseables especulaciones entre la tripulación; los marineros, y en particular los de un buque de guerra, son muy escrupulosos en lo que a la costumbre se refiere. Por el mismo motivo, toda la comunicación entre el capitán Vere y el condenado cesó con la conversación a puerta cerrada que ya hemos descrito, y se sometió a este último a la habitual rutina previa a su final. Su traslado por la guardia desde el camarote del capitán se llevó a cabo sin tomar ninguna precaución extraordinaria, al menos aparente. La norma tácita en un barco de guerra es no permitir que los hombres alberguen la más mínima sospecha de que sus oficiales desconfían de ellos. Y, cuanto mayor es dicha desconfianza, más la ocultan los oficiales, aunque por otro lado aumenten con disimulo la vigilancia. En el caso que nos ocupa, el centinela que vigilaba al prisionero recibió órdenes estrictas de impedir que nadie que no fuese el capellán hablase con él. Y se tomaron discretas medidas para asegurar su cumplimiento.




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