Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero En esto de escribir, por más que uno quiera ceñirse al camino principal, hay desvíos tan tentadores que es difícil resistirse. Me dispongo a seguir uno de esos senderos. Si el lector me acompaña me sentiré halagado. Al menos podemos prometernos ese placer que con maldad se dice que hay en el pecado, pues esta digresión será sin duda un pecado literario.
Muy probablemente no sea una gran novedad afirmar que los inventos de nuestra época han supuesto en la guerra naval un cambio similar a la revolución causada en el arte de la guerra con la introducción en Europa de la pólvora procedente de China. La primera arma de fuego, un tosco artefacto, fue despreciada, como es bien sabido, por muchos caballeros por ser un objeto despreciable, útil tal vez para tejedores demasiado cobardes para cruzar el acero en una lucha franca. Pero, igual que en tierra firme el valor caballeresco, una vez desprovisto de sus blasones, no desapareció con los caballeros, en la mar —pese a que hoy en día cierta exhibición de gallardía en las batallas se haya vuelto imposible dadas las nuevas circunstancias— las cualidades más nobles de los grandes marinos como don Juan de Austria, Doria, Van Tromp[15], Jean Bart[16] y el largo linaje de los almirantes británicos y los Decaturs[17] norteamericanos de 1812 tampoco se volvieron anticuadas como los tabiques de madera.
