Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero No muchos días después del incidente que acabamos de referir, a Billy Budd le ocurrió algo que le dejó más perplejo que todo lo sucedido hasta entonces.
Hacía una noche cálida para la latitud a la que se hallaban; y el gaviero, cuyo sitio en ese momento estaba abajo, dormitaba en la cubierta superior, donde había subido de su caluroso coy, uno más entre los cientos que colgaban tan apretujados sobre una de las cubiertas inferiores de cañones que apenas tenían espacio para balancearse. Estaba tumbado, como a la sombra de una colina, a resguardo de los botalones y un montón de berlingas de respeto que había entre el trinquete y el palo mayor donde estaba estibado el bote mayor del barco, la lancha. Se encontraba al lado de otros tres dormilones de abajo, en el extremo de los botalones más próximo al trinquete, y su puesto de gaviero justo encima del castillo de proa le daba derecho, según la costumbre, a sentirse más o menos en casa en ese lugar.
De pronto alguien, que debió de asegurarse antes de que los demás dormían, lo devolvió a un estado de semiconsciencia tocándole en el hombro, y luego, cuando el gaviero alzó la cabeza, le susurró al oído con un breve suspiro: «Escabúllete entre los cadenotes de sotavento, Billy; se está cociendo algo. No hables. Deprisa, nos veremos allí», y desapareció.
