Moby Dick. Version ilustrada

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Con un golpe de la mandarria, Ajab separó la cabeza de acero de la lanza, y pasando entonces al oficial la larga barra de hierro que restaba, le pidió que la sujetara derecha, sin tocar la cubierta. Entonces, tras golpear repetidamente con la mandarria la parte superior de esta barra de hierro, situó la aguja roma en el extremo de arriba de ella, y la martilleó con menos fuerza varias veces, mientras el oficial sujetaba la barra como antes. Realizando entonces algunos pequeños extraños movimientos con ella —es incierto si indispensables para la magnetización del acero, o meramente encauzados a aumentar el temor y la admiración de la tripulación—, pidió una hebra de hilo; y yendo hasta la bitácora, sacó las dos agujas invertidas de allí, y suspendió horizontalmente la aguja de velamen de su parte media sobre una de las cartas del compás. Al principio el acero giró y giró, oscilando y vibrando a ambos lados; pero finalmente se asentó en su lugar; momento en que Ajab, que había estado intensamente esperando este resultado, se apartó abiertamente de la bitácora, y apuntando su brazo extendido hacia ella, exclamó…

—¡Observad por vosotros mismos si Ajab no es el amo del imán nivelado! ¡El sol está en el Oriente, y este compás lo confirma!

Uno tras otro se acercaron a mirar, pues nada salvo sus ojos podía persuadir a una ignorancia como la suya, y uno tras otro se alejaron furtivamente.


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