Moby Dick. Version ilustrada

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Mas las aprensiones de la tripulación estaban destinadas a recibir más plausible confirmación esa misma mañana, en el sino de uno de ellos. A la salida del sol, este hombre fue desde su coy a su turno al tope en el trinquete; y ya fuera que todavía estaba a medio despertar del sueño (pues los marineros a veces suben en un estado transitorio); que así fuera con este hombre, ya no es posible afirmarlo; sea como fuese, no había estado mucho en su percha cuando se escuchó un grito —un grito y un silbido—, y al mirar arriba vieron en el aire un fantasma que caía; y, mirando abajo, un pequeño cúmulo de burbujas blancas revueltas en el azul del mar.

El salvavidas —un tonel largo y estrecho— se dejó caer desde popa, donde siempre pendía obedeciendo un ingenioso muelle; pero ninguna mano emergió para agarrarlo, y habiendo dado el sol en este tonel largo tiempo, lo había encogido, de manera que se llenó lentamente, y la agostada madera se empapó también en su propio poro; y el remachado tonel ceñido de hierro siguió al marinero hasta el fondo, como para proporcionarle almohada, aunque una dura en verdad.




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