Moby Dick. Version ilustrada
Moby Dick. Version ilustrada HabÃamos estado sentados de esta agazapada manera durante cierto tiempo, cuando de pronto pensé en abrir los ojos; puesto que entre las sábanas, sea de dÃa o de noche, y esté dormido o despierto, tengo la costumbre de mantener siempre los ojos cerrados, con objeto de concentrar lo más posible el bienestar de estar en cama. Y es que ningún hombre puede sentir alguna vez cabalmente su propia identidad a no ser que sus ojos estén cerrados; como si la oscuridad fuera, de hecho, el genuino elemento de nuestras esencias, aunque la luz sea más del gusto de nuestra parte arcillosa. Al abrir los ojos, por tanto, y salir fuera de mi propia agradable y autocreada oscuridad, hacia la impuesta y tosca lobreguez exterior de las no iluminadas doce de la noche, experimenté una desagradable revulsión. Y no me opuse en absoluto a la insinuación de Queequeg de que, dado que estábamos tan despiertos, quizá fuera mejor encender una luz; siendo que, además, él sentÃa un fuerte deseo de echar unas plácidas bocanadas en su tomahawk. Sea dicho que a pesar de que yo habÃa sentido tan intensa repugnancia a su fumar en cama de la noche anterior, ved, no obstante, qué elásticos se toman nuestros rÃgidos prejuicios una vez que el amor llega a combarlos. Pues ahora nada me gustaba más que tener a Queequeg fumando junto a mÃ, incluso en la cama: tal era la serena dicha doméstica de que él en esos momentos parecÃa estar colmado. No me sentÃa ya indebidamente inquieto por la póliza de seguros del posadero. Sólo estaba atento a la concentrada y confidencial confortabilidad de compartir una pipa y una manta con un verdadero amigo. Con nuestras peludas cazadoras echadas sobre los hombros, pasamos ahora el tomahawk del uno al otro, hasta que lentamente se formó sobre nosotros un suspendido dosel de humo azul, iluminado por la llama de la lámpara nuevamente encendida.