Moby Dick. Version ilustrada
Moby Dick. Version ilustrada Ahora bien, este plan de Queequeg, o más bien de Yojo, referente a la selección de nuestro navÃo… Ese plan no me gustaba en modo alguno. Yo habÃa confiado no poco en la sagacidad de Queequeg para señalar el ballenero más adecuado, que nos transportara con seguridad a nosotros y nuestros destinos. Pero como todas mis protestas no produjeron ningún efecto sobre Queequeg, me vi obligado a avenirme; y, consecuentemente, me preparé a atender este asunto con una suerte de urgente y decidida energÃa y vigor, que deberÃa dejar rápidamente solucionada esa pequeña cuestión sin importancia. Temprano a la mañana siguiente, dejando a Queequeg encerrado con Yojo en nuestro pequeño dormitorio… pues ese dÃa parecÃa ser para Queequeg y Yojo alguna especie de Cuaresma o Ramadán, o dÃa de ayuno, mortificación y oración (en qué modo nunca lo pude averiguar, pues, a pesar de que me apliqué a ello varias veces, nunca pude comprender sus liturgias y XXXIX artÃculos[23]), dejando, pues, a Queequeg ayunando con su pipa-tomahawk, y a Yojo calentándose en su fuego oferente de virutas, me marché a dar una vuelta entre los barcos. Tras muy prolongado vagar y muchas desorientadas pesquisas, supe que habÃa tres barcos listos para expediciones de tres años: el Madre del Diablo, el Bocadito y el Pequod. Madre del Diablo no sé de qué viene; Bocadito es evidente; Pequod, sin duda recordaréis, era el nombre de una celebrada tribu de indios de Massachusetts, ahora extinta, como los antiguos medos. Escudriñé y escruté alrededor del Madre del Diablo; desde él salté al Bocadito; y finalmente, al subir a bordo del Pequod, le eché un momento un vistazo alrededor y decidà entonces que éste precisamente era el barco apropiado para nosotros.