Moby Dick. Version ilustrada

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Y medio oculto en este extravagante habitáculo finalmente encontré a alguien que por su aspecto parecía tener autoridad; alguien que, al ser mediodía y estar interrumpidos los trabajos del barco, disfrutaba ahora del descanso de la carga del mando. Estaba sentado en una antigua silla de roble, toda ella ensortijada de curiosas tallas, y cuyo asiento estaba compuesto por un recio entrelazado del mismo material elástico del que estaba construida la cabaña india.

Nada había, quizá, que fuera muy particular en la apariencia del anciano que vi; era curtido y fornido, como la mayor parte de los marinos viejos, y se arropaba pesadamente en un capote azul de piloto cortado al estilo cuáquero; salvo que había una fina y casi microscópica red de las más menudas arrugas entrelazándose alrededor de los ojos, que debían de haber surgido de su continuo navegar en muchos temporales, y siempre mirando a barlovento… pues esto hace que se arruguen los músculos alrededor de los ojos. Esas arrugas de los ojos resultan muy eficaces al fruncir el ceño.

—¿Es éste el capitán del Pequod? —dije, avanzando hasta la puerta del cobertizo.

—Suponiendo que se tratara del capitán del Pequod, ¿qué es lo que vos demandáis de él? —preguntó.

—Estaba pensando embarcarme.


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