Moby Dick. Version ilustrada
Moby Dick. Version ilustrada Pensé de él que era el cuáquero más extraño que había visto jamás, en especial dado que Péleg, su amigo y viejo camarada de barco, parecía semejante energúmeno. Pero no dije nada, sólo miré a mi alrededor con atención. Péleg entonces abrió un cofre y, sacando los artículos del barco, colocó una pluma y tinta frente a sí, y se sentó ante una pequeña mesa. Yo empecé a pensar que ya iba siendo hora de acordar conmigo mismo en qué términos estaba dispuesto a comprometerme para la expedición. Sabía ya que en el negocio de la pesca de la ballena no pagaban salarios, sino que toda la tripulación, incluyendo al capitán, recibía ciertas participaciones de las ganancias llamadas provechos, y que estos provechos se establecían proporcionalmente al grado de importancia pertinente a las respectivas obligaciones de la dotación del barco. También sabía que, al ser un tripulante novato en la pesca de la ballena, mi propio provecho no sería muy extenso; pero considerando que estaba habituado al mar, podía timonear, ayustar un cabo y todas esas cosas, no dudaba de que, según todo lo que había escuchado, me deberían ofrecer al menos el doscientos setenta y cincoavo provecho… es decir, la doscientas setenta y cincoava parte del total de los beneficios netos de la expedición, sea lo que fuere que pudieran finalmente llegar a alcanzar. Y aunque el doscientos setenta y cincoavo provecho era más bien lo que llaman un provecho largo, no obstante era mejor que nada; y si teníamos una expedición afortunada, podría casi seguro pagar la ropa que iba a gastar en ella, sin contar con mis tres años de alimento y albergue, por los que no tendría que pagar ni un ardite.