Moby Dick. Version ilustrada
Moby Dick. Version ilustrada ¡Elías!, pensé yo, y nos alejamos, los dos haciendo comentarios, cada uno a su modo, sobre este harapiento viejo marinero; y estuvimos de acuerdo en que no era sino un farsante que quería hacerse pasar por el hombre del saco. Pero no nos habíamos alejado quizá más de cien yardas, cuando dando en girar una esquina, y en mirar hacia atrás al hacerlo, ¿a quién hube de ver siguiéndonos, aunque a cierta distancia, sino a Elías? De algún modo, el verle me impresionó tanto que no le dije nada a Queequeg de que estaba detrás, sino que seguí adelante con mi camarada, ansioso por observar si el extraño giraba en la misma esquina que nosotros. Lo hizo; y entonces se me hizo que nos estaba siguiendo, aunque con qué intención por nada del mundo podía imaginarlo. Esta circunstancia, unida a su ambigua, medio-insinuante, medio-reveladora manera tapada de hablar, engendró en ese momento en mí todo tipo de vagas turbaciones y medio-aprensiones, y todo ello conectado con el Pequod; y con el capitán Ajab; y con la pierna que había perdido; y con el enajenamiento del cabo de Hornos; y con la calabaza de plata; y con lo que el capitán Péleg había dicho de él cuando dejé el barco el día anterior; y con la predicción de la india Tistig; y con la expedición en la que nos habíamos comprometido a navegar; y con un centenar de otros sombríos asuntos.