Moby Dick. Version ilustrada
Moby Dick. Version ilustrada Libremente declaro que el filósofo cosmopolita no puede, aunque le vaya la vida, señalar una sola influencia pacífica que en el intervalo de los últimos sesenta años haya operado con mayor potencial sobre todo el ancho mundo, tomado como entidad, que la excelsa y vigorosa empresa de la pesca de la ballena. De una u otra forma ha engendrado acontecimientos en sí mismos tan notables, y tan continuadamente capitales en su secuencial transcurso, que la pesca de la ballena puede bien ser considerada como esa madre egipcia que alumbraba de su vientre vástagos ya preñados ellos mismos. Catalogar todas estas cosas sería una tarea infinita y sin sentido. Dejemos que un puñado basten. Durante muchos años el barco ballenero ha sido pionero en escudriñar las más remotas y menos conocidas partes de la tierra. Ha explorado los mares y archipiélagos que no están en las cartas, donde ningún Cook o Vancouver navegaron nunca. Si los navíos de guerra americanos y europeos se mecen ahora apaciblemente en puertos que una vez fueron salvajes, que saluden con salvas al honor y la gloria del barco ballenero que originariamente les mostró el camino, y que fue el primero en hacer de intérprete entre ellos y los salvajes. Podéis celebrar como queráis a los héroes de las expediciones de exploración, a vuestros Cooks y vuestros Krusensterns; pero yo digo que han zarpado de Nantucket montones de anónimos capitanes, que eran tan grandes, y más grandes aún que vuestro Cook y vuestro Krusenstern. Pues en su desamparada inopia, ellos, en las escualas aguas paganas, y por las playas de no registradas islas de jabalinas, batallaron con virginales portentos y terrores que Cook, con todos sus marines y mosquetes, no habría afrontado por propia voluntad. De todo lo que se hace semejante floritura en las antiguas expediciones de los Mares del Sur, eso sólo fueron los lugares comunes en la vida de nuestros heroicos nativos de Nantucket. Frecuentemente, aventuras a las que Vancouver dedica tres capítulos, estos hombres las consideraron inmerecedoras de ser recogidas en el cuaderno de bitácora del barco. ¡Ah, el mundo! ¡Oh, el mundo!