Moby Dick. Version ilustrada
Moby Dick. Version ilustrada Así que, casi cada veinticuatro horas, cuando se habían establecido las guardias de la noche, y la cuadrilla de cubierta vigilaba los profundos sueños de la cuadrilla de abajo; y cuando si había que halar un cabo sobre el castillo, los marineros no lo tiraban con rudeza, como hacían por el día, sino que lo dejaban caer en su lugar con cautela, por temor a molestar a sus compañeros dormidos; cuando esta especie de uniforme quietud comenzaba a prevalecer, el silencioso timonel solía observar habitualmente el escotillón de la cabina y no mucho después surgía el viejo, aferrando el barandal de hierro para asistir su lisiado andar. Algún considerado toque de humanidad había en él; ya que en ocasiones como éstas solía abstenerse de patrullar el alcázar; pues para sus cansados oficiales, que buscaban reposo a seis pulgadas de su talón de marfil, tal hubiera sido el reverberante crujido y clamor de aquel óseo andar que sus sueños habrían versado sobre los trituradores dientes de los tiburones. Pero en una ocasión su inclinación fue demasiado intensa para comunes miramientos; y cuando con pesados y torpes pasos estaba midiendo el barco desde el coronamiento hasta el palo mayor, Stubb, el peculiar segundo oficial, subió desde abajo, y con cierto inseguro agraviante humor dio a entender que si al capitán Ajab le placía pasear las planchas, entonces nadie podía decir nones; pero que podría haber alguna forma de amortiguar el ruido, indicando indistinta y dubitativamente algo sobre una bola de estopa, y la inserción en ella del talón de marfil. ¡Ah, Stubb, entonces no conocíais a Ajab!