Moby Dick. Version ilustrada

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—Nunca se me trató así sin dar un buen golpe a cambio –murmuró Stubb al encontrarse a sí mismo descendiendo el escotillón de la cabina–. Es muy raro. Detente, Stubb; de algún modo, ahora no sé bien si volver y golpearle, o… ¿qué es eso?… ¿arrodillarme aquí y rezar por él? Sí, ése es el pensamiento que surge en mí; pero hubiera sido la primera vez que jamás en verdad rezara. Es raro, muy raro, y también él es raro. Sí, le tomes de proa y de popa, es probablemente el viejo más raro con el que Stubb jamás navegó. ¡Con qué refulgente mirada me miró!… ¡Sus ojos como platillos de una balanza! ¿Está loco? De cualquier modo, algo hay en su mente, tan seguro como que algo ha de haber en una cubierta cuando cruje. Ahora, además, no está en su cama más de tres horas de las veinticuatro; y durante ellas no duerme. ¿No me dijo ese Dough-Boy, el mozo, que de mañana siempre encuentra la ropa del coy del viejo toda arrugada y revuelta, y las sábanas a los pies, y el cubrecama casi hecho nudos, y la almohada como terriblemente caliente, lo mismo que si hubiera habido en ella un ladrillo horneado? ¡Un viejo caliente! Supongo que tiene lo que alguna gente en tierra llama conciencia; es una especie de tic-del-loro[37], dicen… Un dolor de muelas no es peor. Bien, bien; no sé lo que es, pero que el Señor me guarde de pillarlo. Está lleno de arrugas; me pregunto para qué va todas las noches a la bodega de la despensa, como me dice Dough-Boy que cree que hace; ¿para qué hace eso, me gustaría saber? ¿Quién se cita con él en la bodega? ¿No es extraño, eh? Pero es el viejo juego, no se sabe… Ahí voy a dar una cabezada. Maldita sea mi sombra, ¿le merece la pena a uno venir al mundo sólo para caer dormido en seguida? Y ahora que lo pienso, eso más o menos es lo primero que hacen los niños, y eso parece extraño, también. Maldita sea mi sombra, pero todo es extraño si te pones a pensarlo. Pero eso va en contra de mis principios. No pensar es mi undécimo mandamiento; y duerme cuando puedas, el duodécimo… Así que aquí voy otra vez. Mas ¿cómo es eso? ¿No me llamó perro? ¡Demonios! Me llamó diez veces burro, ¡y encima de eso apiló un montón de asnos! Bien podía haberme dado una patada, para acabar de una vez. Quizá de verdad me pegó, y no lo vi; tan absolutamente desconcertado estaba con su frente, de alguna manera. Destellaba como un hueso blanqueado. ¿Qué demonios me ocurre? No me tengo bien sobre las piernas. Es como si al entrar en colisión contra ese viejo se me hubiera salido el lado malo afuera. Pero por Dios que debo haber estado soñando, no obstante… ¿Cómo?, ¿cómo?, ¿cómo?… Pero el único modo es guardármelo; así que aquí voy al coy de nuevo; y por la mañana veré cómo este fastidioso tejemaneje se presenta a la luz del día.


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