Moby Dick. Version ilustrada

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Mientras la sorprendida compañía del barco estaba aún observando fijamente a estos extranjeros, Ajab le gritó al hombre tocado de turbante que los encabezaba:

—¿Todo listo, Fedallah?

—Listo —fue la respuesta medio siseada.

—Arriad, entonces, ¿me oís? —gritando sobre cubierta—. Arriad ya de una vez, digo.

Tal fue el tronar de su voz que, a pesar de su asombro, los hombres saltaron la regala; las roldanas giraron en los motones; los tres botes cayeron al mar dando un bandeo, a la vez que con diestra y súbita temeridad, desconocida en ningún otro oficio, los marineros, como rebecos, brincaban de la bamboleante borda del barco a las oscilantes lanchas, abajo.

Apenas se habían apartado del socaire del barco, cuando viniendo del lado de barlovento surgió una cuarta quilla dando la vuelta bajo la popa, y mostró a los cinco extraños llevando a remo a Ajab, que, erguido en la popa, llamaba en voz alta a Starbuck, a Stubb y a Flask a desplegarse con amplitud, para que cubrieran una gran extensión de agua. Pero los ocupantes de las otras lanchas, sus ojos todos remachados de nuevo en el oscuro Fedallah y en su tripulación, no obedecieron la orden.

—¿Capitán Ajab…? —dijo Starbuck.

—Desplegaos —gritó Ajab—; avante, las cuatro lanchas. ¡Vos, Flask, bogad más a sotavento!


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