Moby Dick. Version ilustrada
Moby Dick. Version ilustrada Fue mientras se deslizaba por estas últimas aguas que una serena noche de claro de luna, cuando todas las olas ondeaban como rodillos de plata y con su suave, envolvente borbotear creaban lo que parecía un argénteo silencio, que no soledad: en tan silenciosa noche, un surtidor plateado fue visto muy por delante de las blancas burbujas de la proa. Iluminado por la luna, se lo veía celestial; semejaba algún dios emplumado y refulgente surgiendo del mar. Fedallah divisó primero este surtidor. Pues en estas noches de claro de luna era su costumbre trepar al tope del mayor, y hacer vigía allí con la misma precisión que si hubiera sido de día. Y eso que, aunque se avistaran manadas de ballenas por la noche, ni un solo ballenero entre cien se aventuraría a arriar por ellas. Podéis imaginaros, entonces, con qué emociones los marinos observaban a este viejo oriental subido arriba a tan inusuales horas; su turbante y la luna compañeros en un solo cielo. Y cuando, tras pasar allí su intervalo usual durante varias noches sucesivas sin proferir un solo sonido; cuando, tras todo este silencio, se escuchó su ultraterrenal voz anunciando ese plateado surtidor iluminado de luna, cada marinero recostado se incorporó de un salto, como si algún espíritu alado se hubiera posado en la jarcia, y saludara a la mortal tripulación.
—¡Ahí resopla!