Moby Dick. Version ilustrada
Moby Dick. Version ilustrada Igual que si las olas hubieran sido bataneros, este navío estaba blanqueado como el esqueleto de una morsa varada. Esta espectral visión estaba surcada, a todo lo largo de sus amuradas, de largos canales de óxido enrojecido, mientras que su entera arboladura y jarcia eran como las gruesas ramas de árboles revestidos de escarcha. Sólo las velas bajas estaban desplegadas. Singular imagen era ver a sus vigías de largas barbas en esos tres topes. Parecían ataviados con pieles de animales, así de destrozadas y remendadas estaban las vestimentas que habían sobrevivido a casi cuatro años de navegación. En pie, dentro de aros de hierro clavados al mástil, se balanceaban y oscilaban sobre un insondable mar; y aunque al deslizarse el barco lentamente cerca de nuestra popa nosotros, los seis hombres que estábamos en el aire, nos acercamos tanto unos a otros que casi podríamos haber saltado de los topes de un barco a los del otro, aquellos pescadores de aspecto desamparado, mirándonos amablemente mientras pasaban, no dijeron, no obstante, palabra alguna a nuestros vigías, mientras que abajo se escuchó el saludo del alcázar.
—¡Ah del barco! ¿Habéis visto a la ballena blanca?