Moby Dick. Version ilustrada

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Viendo ahora que no había cortinas en la ventana, y que al ser la calle muy estrecha la casa de enfrente gozaba de una vista clara de la habitación, y reparando cada vez más en la indecorosa estampa que Queequeg hacía, perneando de un lado a otro con poco más encima que su sombrero y sus botas, le rogué lo mejor que pude que acelerara un poco su aseo, y en particular que se pusiera los pantalones lo antes posible. Así lo hizo, y entonces procedió a lavarse. A esa hora de la mañana cualquier cristiano se hubiera lavado la cara; pero Queequeg, para mi sorpresa, se contentó con restringir sus abluciones a su pecho, brazos y manos. Enfundose entonces su chaleco, y tomando un pedazo de jabón del lavabo-mesa central, lo sumergió en el agua y empezó a enjabonarse la cara. Yo estaba mirando a ver dónde guardaba su navaja, cuando hete aquí que coge el arpón de la esquina de la cama, retira el largo mango de madera, desenfunda la punta, la afila un poco en su bota y, dando unos pasos hasta el trozo de espejo de la pared, comienza un vigoroso raspado, o más bien arponeado, de sus mejillas. Pensé yo, Queequeg, esto es lo que se dice emplear al límite la mejor cubertería de la marca Roger. Esta operación dejó de sorprenderme posteriormente, cuando me enteré del buen acero de que está hecha la punta de un arpón, y de lo extremadamente afilados que se mantienen siempre los largos filos rectos.


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