Moby Dick
Moby Dick Cuando, deslizándonos junto a las islas Batán, emergimos finalmente sobre el gran Mar del Sur; de no haber sido por otras cuestiones, podría haber saludado a mi querido Pacífico con innumerados agradecimientos, pues en aquel momento había sido atendida la antigua súplica de mi juventud: ese sereno océano ondeaba a partir de mí hacia el este, un millar de leguas de azul.
Uno no sabe qué dulce misterio existe sobre este mar, cuyas gráciles terribles convulsiones parecen hablar de algún alma oculta debajo; como aquellas legendarias ondulaciones del limo de Éfeso sobre el san Juan Evangelista sepultado. Y propio es que sobre estos pastos del mar, acuosas praderas de amplio ondear y campos de alfareros[141] de los cuatro continentes, las olas deban alzarse y descender, la marea incesantemente crecer y menguar; pues aquí millones de sombras y penumbras, sueños ahogados, sonambulismos, ensueños; todo lo que llamamos vidas y almas, descansa soñando, soñando aún; dando vueltas como durmientes en sus camas; las olas siempre ondulantes no más así conformadas a causa de su inquietud.
