Moby Dick
Moby Dick Aprovechando el suave tiempo de un fresco verano que ahora reinaba en estas latitudes, y en preparación de las peculiarmente activas cacerÃas que eran pronto de esperar, Perth, el viejo herrero, tiznado y lleno de ampollas, no habÃa retirado de nuevo su forja portátil a la bodega tras concluir su trabajo auxiliar para la pierna de Ajab, sino que todavÃa la mantenÃa en cubierta, bien atada a cáncamos de argolla cerca del trinquete; pues ahora era casi incesantemente reclamado por los timoneles, y por los arponeros, y por los remeros de proa, para que hiciera algún pequeño trabajo para ellos; modificando, o reparando, o reformando sus distintas armas e implementos de lancha. A menudo estaba rodeado de un ansioso cÃrculo, todos esperando a ser atendidos; sujetando zapas de lancha, puntas de picas, arpones y lanzas, y celosamente observando todos y cada uno de sus tiznados movimientos mientras trabajaba. Pero, este viejo era un paciente martillo blandido por un paciente brazo. Ningún murmullo, ninguna urgencia, ninguna petulancia salÃa de él. Silencioso, lento y solemne; inclinando aún más su espalda crónicamente rota, trabajaba como si el trabajo fuera la propia vida, y el pesado golpear de su martillo, el pesado golpear de su corazón. Y asà era… ¡De lo más mÃsero!
