Moby Dick
Moby Dick Con la barba enmarañada, y fajado en un hirsuto mandil de piel de tiburón, estaba Perth a mediodÃa, entre su forja y su yunque —colocado este último sobre un tronco de carpe—, con una mano en los fuelles y la otra sujetando una punta de pica en las brasas, cuando el capitán Ajab se acercó llevando en su mano una pequeña bolsa de cuero de herrumbrosa apariencia. Aún un poco distanciado de la forja, el taciturno Ajab se detuvo; hasta que finalmente Perth, retirando su hierro del fuego, empezó a martillearlo en el yunque… La masa roja lanzaba chispas en tupidas bandadas flotantes, algunas de las cuales volaron cerca de Ajab.
—¿Son éstas vuestras golondrinas de mar, Perth? Siempre están volando en vuestra estela; pájaros de buen agüero, también, aunque no para todos… Cuidado, queman… mas vos… vos vivÃs entre ellos sin chamuscaros.
—Porque ya estoy chamuscado por todas partes, capitán Ajab —contestó Perth, descansando un momento en su martillo—; estoy más allá del chamusco: una cicatriz no se puede chamuscar fácilmente.
