Moby Dick

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114. El dorador

Penetrando cada vez más en el corazón del caladero japonés, el Pequod pronto se metió en el bullicio de la pesquería. A menudo, con tiempo templado, agradable, estaban atareados en las lanchas durante doce, quince, dieciocho y veinte horas, bogando constantemente, o navegando a vela, o remando con las palas tras las ballenas, o esperando calmadamente su emerger durante un interludio de sesenta o setenta minutos; aunque apenas sin recompensa alguna por sus esfuerzos.

En tales momentos, bajo un sol aplacado; a flote todo el día sobre lisas olas de lento ondear; sentado en la lancha, ligera como una canoa de abedul; y mezclándose de tan sociable manera con las propias suaves olas, que como gatos de chimenea ronronean contra la borda; éstos son los momentos de soñadora quietud, cuando observando la plácida belleza y refulgencia de la piel del océano, uno olvida el corazón de tigre que palpita bajo él; y preferiría no recordar que esta pata de terciopelo oculta una despiadada garra.




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