Moby Dick
Moby Dick No infrecuentemente en esta vida, cuando los favoritos de la fortuna navegan al costado correcto a nuestro lado, nosotros captamos algo del impetuoso viento, y jovialmente sentimos llenarse nuestras abolsadas velas, aunque antes estuviésemos completamente abatidos. Así pareció ocurrir con el Pequod. Pues al día siguiente de encontrar al alegre Soltero se avistaron ballenas y se mataron cuatro; y una de ellas la mató Ajab.
Fue muy avanzada la tarde; y cuando hubo concluido todo el lancear de la pelea carmesí, y flotando en el amable mar y cielo del anochecer sol y ballena, ambos calladamente, morían; entonces, tal dulzura y aflicción, tan entretejidas plegarias se alzaron rizándose en aquel aire rosado, que casi parecía como si de lejos, desde los profundos valles verdes enclaustrados de las islas de Manila, el viento de tierras españolas, lujuriosamente transmutado en marinero, se hubiera hecho a la mar, cargado con estos vespertinos himnos.
