Moby Dick

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Mientras esta palidez ardía en lo alto, pocas palabras se escucharon de la hechizada tripulación, que, formando un cerrado grupo, permanecía en el castillo, todos sus ojos brillando en esa pálida fosforescencia como una lejana constelación de estrellas. Destacado contra la fantasmagórica luz, el gigantesco negro azabache, Daggoo, parecía erguirse hasta el triple de su estatura real, y semejaba la negra nube de la que había venido el trueno. La boca abierta de Tashtego mostraba sus blancos dientes de tiburón, que extrañamente brillaban como si también ellos hubieran sido tocados por los fuegos de Santelmo; mientras que, iluminados por la preternatural luz, los tatuajes de Queequeg ardían en su cuerpo como satánicas llamas azules.

Toda la estampa se desvaneció finalmente junto a la palidez de lo alto; y, una vez más, el Pequod y todas las almas en su cubierta, quedaron envueltos en un sudario. Pasaron unos instantes hasta que Starbuck, avanzando, tropezó con alguien. Era Stubb.

—¿Qué pensáis ahora, compañero? He escuchado vuestro grito; no era el mismo de la canción.



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