Moby Dick
Moby Dick Si inicialmente me hubiera quedado perplejo al haber podido observar un individuo tan inverosímil como Queequeg circulando entre la cortés sociedad de una ciudad civilizada, esa perplejidad pronto desapareció al dar mi primer paseo diurno por las calles de New Bedford.
En las vías públicas cercanas a los muelles, cualquier puerto de mar de cierta entidad brindará con frecuencia la oportunidad de observar indescriptibles tipos de la más extraña apariencia, llegados de tierras lejanas. Incluso en Broadway y en Chestnut Street, marineros mediterráneos dan a veces un empellón a las atemorizadas damas. Regent Street no es desconocida para los malayos y los lascars; y en Bombay, en el Apollo Green, yanquis de carne y hueso asustaban con frecuencia a los nativos. Pero New Bedford supera a todas las Water Streets y a todos los Wappings. En estos últimos rincones sólo ves marineros; pero en New Bedford hay auténticos caníbales charlando en las esquinas, absolutos salvajes; muchos de los cuales todavía portan sobre sus huesos carne profanada. Es algo que a un forastero le hace mirar.
