Moby Dick

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123. El mosquete

Durante los embates más violentos del tifón, el hombre a la caña de hueso de quijada del Pequod, había sido lanzado varias veces rodando por la cubierta a causa de los espasmódicos movimientos del barco, incluso a pesar de que a aquélla se le habían amarrado aparejos de refuerzo… pues estaban flojos… siendo indispensable cierto juego en la caña.

En un temporal como éste, cuando el barco sólo es un rehilete a merced de la embestida, no es en modo alguno extraño ver en ocasiones las agujas de los compases dar vueltas y vueltas. Así ocurrió con las del Pequod; casi en cada golpe, el timonel no había dejado de percibir la velocidad giratoria con que daban vueltas sobre las cartas: es una visión que difícilmente puede observar alguien sin cierta inusitada emoción.

Unas horas después de medianoche, el tifón amainó lo suficiente como para que, gracias a los agotadores esfuerzos de Starbuck y Stubb —uno trabajando a proa y el otro a popa—, los zarandeados restos del foque y de las gavias del trinquete y el mayor fueran soltados de las vergas, y salieran revoloteando a la deriva a sotavento, como las plumas del albatros que a veces se sueltan al viento cuando ese pájaro en vuelo es sacudido por la tormenta.


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