Moby Dick
Moby Dick A pesar de que el predestinado Pequod llevaba ya tanto tiempo navegando en esta expedición, la corredera muy raramente habÃa sido utilizada. Basándose en una confiada certeza en otros medios de determinar la situación del navÃo, algunos mercantes, y muchos balleneros desatienden completamente echar la corredera, en especial cuando hacen travesÃa; aunque al mismo tiempo, y a menudo más por conservar las formas que por otra cosa, registran regularmente sobre la usual tablilla el curso seguido por el barco, asà como la velocidad media de avance a cada hora. Tal habÃa sucedido con el Pequod. El carretel de madera y la adjunta barquilla angular colgaban sin tocar desde hacÃa tiempo bajo la batayola de la amurada de popa. La lluvia y las rociadas los habÃan empapado; el sol y el viento los habÃan alabeado; todos los elementos se habÃan combinado para pudrir unos objetos que pendÃan con tanta ociosidad. Pero a Ajab, ajeno a todo esto, le dio por ahà cuando no muchas horas después de la escena del imán acertó a ver el carretel y recordó que su cuadrante ya no existÃa, y rememoró su arrebatado juramento sobre la corredera. El barco navegaba con viveza; a popa las olas ondeaban amotinadas.
—¡Eh, a proa! ¡Echad la corredera!
Dos marineros vinieron: el tahitiano de color dorado y el grisáceo hombre de la isla de Man.
—Tomad uno de vosotros el carretel, yo halaré.
