Moby Dick

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Y así el primer hombre del Pequod que subió al mástil para la vigía de la ballena blanca, en el propio y particular caladero de la ballena blanca, ese hombre fue engullido por el piélago. Aunque pocos, quizá, pensaron en ello en el momento. De hecho, de alguna manera, no se apesadumbraron por el acontecimiento, al menos no como portento; pues no lo vieron como una premonición de un mal futuro, sino como la concreción de un mal ya presagiado. Declararon que ahora sabían la razón de aquellos inhumanos chillidos que habían escuchado la noche anterior. Aunque de nuevo el viejo de la isla de Man lo negó.

El salvavidas perdido iba ahora a ser reemplazado: se ordenó a Starbuck que se ocupara de ello; pero como no se pudo encontrar tonel alguno de ligereza suficiente, y como en la febril ansia de lo que parecía la aproximación del desenlace de la expedición los tripulantes se impacientaban con toda tarea que no estuviera directamente conectada con su resolución final, fuera cualquiera la que ésta resultara ser, iban, por tanto, a dejar la popa del barco desprovista de salvavidas, cuando mediante ciertos extraños gestos e insinuaciones Queequeg hizo una sugerencia referente a su ataúd.

—¡Un salvavidas de un ataúd! —gritó Starbuck, sorprendido.

—Es algo bastante raro, diría yo —dijo Stubb.


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