Moby Dick
Moby Dick Al dÃa siguiente se avistó un barco grande, el Raquel, arribando directamente hacia el Pequod, todas sus perchas densamente pobladas de hombres. En esos momentos el Pequod surcaba las aguas a una buena velocidad; mas cuando el foráneo, con amplias alas, se abalanzó desde barlovento en su cercanÃa, las jactanciosas velas cayeron todas simultáneamente como vejigas vacÃas que explotaran, y del casco alcanzado escapó toda vida.
—Malas nuevas; trae malas nuevas –murmuró el viejo de la isla de Man.
Mas antes de que su comandante, que estaba en pie en su lancha, bocina en mano; antes de que expectantemente pudiera saludar, se escuchó la voz de Ajab.
—¿Habéis visto a la ballena blanca?
—SÃ, ayer. ¿Habéis visto vos una lancha a la deriva?
Sofocando su alegrÃa, Ajab respondió negativamente a esta inesperada pregunta; y hubiera entonces bruscamente abordado al foráneo, cuando el propio capitán de éste, habiendo detenido la marcha de su nave, fue visto descendiendo por el costado. Unas pocas rápidas paladas, y su garfio de lancha pronto enganchó la mesa de guarnición del mayor, y él saltó a cubierta. Inmediatamente fue reconocido por Ajab como uno de Nantucket al que conocÃa. Pero no se intercambió saludo formal alguno.
