Moby Dick

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Contada la historia, el capitán foráneo pasó inmediatamente a revelar su objetivo al subir a bordo del Pequod. Deseaba que ese barco se uniera al suyo en la búsqueda; navegando en el mar separados unas cuatro o cinco millas, en líneas paralelas, y barriendo de esa manera, por así decirlo, un doble horizonte.

—Apostaría algo –susurró Stubb a Flask– a que alguien de esa lancha perdida llevaba la mejor chaqueta del capitán; puede que su reloj… así de ansioso está de recuperarla, maldita sea. ¿Quién oyó hablar de dos piadosos barcos balleneros navegando tras una lancha perdida en el punto álgido de la temporada de pesca? Mira, Flask, basta que mires lo pálido que parece… pálido en las mismas niñas de sus ojos… Mira… no era la chaqueta… debió haber sido el…

—Mi muchacho, mi propio muchacho está entre ellos. Por amor de Dios… os ruego, os imploro –el capitán foráneo se manifestó en este momento al capitán Ajab, que hasta entonces había recibido su solicitud con mera frialdad–… Permitidme fletar vuestro barco durante cuarenta y ocho horas… Gustosamente pagaría por ello… si no hubiera otro modo… sólo durante cuarenta y ocho horas… sólo eso… debéis, oh, debéis, y lo haréis.

—¡Su hijo! –gritó Stubb–, ¡oh, es su hijo lo que ha perdido! Retiro la chaqueta y el reloj… ¿qué dice Ajab? Hemos de salvar al muchacho.


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