Moby Dick

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129. La cabina

(Ajab avanzando para ir a cubierta; Pip le coge de la manopara seguirle.)

—Amigo, amigo, os digo que ahora no debéis seguir a Ajab. Está llegando la hora en la que Ajab no os ahuyentará de él, y aun así no os tendrá a su lado. En vos, pobre amigo, hay lo que bien siento que sana mi enfermedad. Lo igual sana lo igual; y para esta cacería mi enfermedad se convierte en mi más deseada salud. Quedaos aquí abajo, donde se os servirá como si fuerais el capitán. Sí, amigo, os sentaréis aquí, en mi propia silla atornillada; otro tornillo para ella debéis ser.

—¡No, no, no! No tenéis un cuerpo entero, señor; usad al menos de mí, pobre de mí, como vuestra pierna perdida; pisad sobre mí, señor, nada más; no pido otra cosa, así seré parte de vos.

—¡Ah! A pesar de un millón de villanos, ¡esto me convierte en un seguidor incondicional de la inmarchitable fidelidad del hombre!… ¡Y es negro!, ¡Y loco!… Aunque me parece que igual-sana-igual se le aplica también a él; así se vuelve sensato de nuevo.

—Me dicen, señor, que Stubb abandonó una vez al pobre Pip, cuyos huesos sumergidos ahora se ven blancos, a pesar de toda la negrura de su piel viva. Mas yo nunca os abandonaré, señor, como Stubb hizo con él. He de ir con vos, señor.


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