Moby Dick

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130. El sombrero

Y ahora que en el lugar y el momento apropiados, tras una travesía tan extensa —barridas todas las demás aguas balleneras—, Ajab parecía haber acosado a su enemigo hasta un pliegue oceánico, para allí matarlo con mayor seguridad; ahora que estaba cerca de la misma latitud y longitud en la que su atormentadora herida había sido infligida; ahora que se había hablado con un navío que en el mismo día anterior había efectivamente encontrado a Moby Dick… y ahora que todos sus sucesivos encuentros con distintos barcos concurrían contrastantemente para demostrar la demoníaca indiferencia con la que la ballena blanca despedazaba a sus cazadores, ya fuera pecando contra ellos o siendo objeto de sus pecados; ahora era que en los ojos del viejo acechaba un algo que para las almas débiles apenas era soportable de ver. Como la estrella polar que no se pone, que a lo largo de la noche ártica de toda una vida de seis meses mantiene su constante mirada punzante y central, así el propósito de Ajab brillaba ahora fijamente sobre la permanente medianoche de la desolada tripulación. De tal manera dominaba por encima de ellos, que todos sus presentimientos, sus dudas, sus recelos, sus miedos de buen grado se ocultaban bajo sus almas, sin dejar brotar una sola hoja o un solo retoño.


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