Moby Dick
Moby Dick Y ahora que en el lugar y el momento apropiados, tras una travesÃa tan extensa —barridas todas las demás aguas balleneras—, Ajab parecÃa haber acosado a su enemigo hasta un pliegue oceánico, para allà matarlo con mayor seguridad; ahora que estaba cerca de la misma latitud y longitud en la que su atormentadora herida habÃa sido infligida; ahora que se habÃa hablado con un navÃo que en el mismo dÃa anterior habÃa efectivamente encontrado a Moby Dick… y ahora que todos sus sucesivos encuentros con distintos barcos concurrÃan contrastantemente para demostrar la demonÃaca indiferencia con la que la ballena blanca despedazaba a sus cazadores, ya fuera pecando contra ellos o siendo objeto de sus pecados; ahora era que en los ojos del viejo acechaba un algo que para las almas débiles apenas era soportable de ver. Como la estrella polar que no se pone, que a lo largo de la noche ártica de toda una vida de seis meses mantiene su constante mirada punzante y central, asà el propósito de Ajab brillaba ahora fijamente sobre la permanente medianoche de la desolada tripulación. De tal manera dominaba por encima de ellos, que todos sus presentimientos, sus dudas, sus recelos, sus miedos de buen grado se ocultaban bajo sus almas, sin dejar brotar una sola hoja o un solo retoño.
