Moby Dick
Moby Dick En este mismo New Bedford se yergue una Capilla de los Balleneros y pocos son los apesadumbrados marineros que, próximamente rumbo al océano Índico o al Pacífico, dejan de hacer una visita dominical al lugar. En verdad que yo no dejé de hacerla.
De regreso de mi primer paseo matinal, volví a encaminarme por este especial recorrido. El cielo había cambiado de claro, frío y soleado a niebla y una intensa aguanieve. Me abrí paso contra la terca tormenta arropándome en mi holgada cazadora del paño llamado «piel de oso». Al entrar me encontré una pequeña y dispersa congregación de marineros, y esposas y viudas de marineros. Reinaba un enmudecido silencio sólo roto a veces por los chirridos de la tormenta. Cada callado feligrés parecía haberse sentado intencionadamente alejado del otro, como si todo silencioso pesar fuera insular e incomunicable. El capellán no había llegado todavía; y esas mudas islas de hombres y mujeres se sentaban allí, observando impávidamente varias losas de mármol con bordes negros, encastradas en la pared a ambos lados del púlpito. Tres de ellas rezaban algo así como lo que sigue, aunque no pretendo citar…
Consagrada
a la memoria
de
John Talbot,
