Moby Dick
Moby Dick Era un claro día azul acerado. Los firmamentos de aire y mar apenas diferenciables en aquel color celeste que todo impregnaba; tan sólo, que el pensativo aire era trasparente, puro y suave, con aspecto de mujer, y el mar, recio y viril, se abultaba en amplias, robustas, pausadas ondulaciones, como el pecho de Sansón en el sueño.
Acá y allá, en lo alto, planeaban las níveas alas de pequeñas impolutas aves; eran éstas los gentiles pensamientos del femenino aire; y en las profundidades, muy abajo en el insondable azul, pasaban raudos de un lado al otro poderosos leviatanes, peces espada y tiburones; y éstos eran los fornidos, atormentados y brutales pensamientos del masculino mar.
Mas aunque contrastando así por dentro, por fuera el contraste sólo era de matices y de sombras; los dos parecían uno; sólo era el sexo, como si dijéramos, lo que los distinguía.
En lo alto, como un augusto zar y rey, el sol parecía entregar ese gentil aire a ese osado y ondulante mar; lo mismo que al novio la prometida. Y en la línea que orillaba el horizonte, un movimiento suave y trémulo —frecuente de ver aquí en el ecuador— indicaba la tierna, palpitante confianza, los cariñosos sobresaltos, con los que la pobre novia ofrendaba su seno.
