Moby Dick

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133. El acoso - primer día

Aquella noche, durante la guardia de media, cuando –como a veces tenía por costumbre– se alejó del escotillón en el que se recostaba y fue hasta su cavidad de pivote, el viejo irguió de improviso fieramente el rostro, olfateando el aire marino como lo haría un sagaz perro de barco al acercarse a alguna isla salvaje. Proclamó que una ballena debía estar cerca. Pronto ese peculiar olor, emitido a veces a gran distancia por el cachalote vivo, fue perceptible para toda la guardia; y ningún marinero se extrañó cuando, tras inspeccionar el compás, y después el cataviento, y asegurarse posteriormente lo más posible de la orientación precisa del olor, Ajab ordenó con celeridad que el rumbo fuera levemente alterado y que se aligerara el trapo.

El perspicaz criterio que dictó estos movimientos quedó suficientemente vindicado cuando amaneció, al verse en la mar, directamente y enfilada a proa, una larga lisura, uniforme como el aceite, que en las plegadas acuosas arrugas que la orillaban semejaba las pulidas marcas de metálica apariencia de un veloz rabión en la boca de un profundo y rápido torrente.

—¡Ocupad los topes! ¡Llamad a toda la tripulación!


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