Moby Dick
Moby Dick —Caña a barlovento, entonces; ¡desplegad trapo otra vez, guardanaves! Abajo las lanchas de reserva y aparejadlas… Señor Starbuck, alejaos, y reunid a las tripulaciones de las lanchas.
—Permitidme antes llevaros a la amurada, señor.
—¡Oh, oh, oh! ¡Cómo me cornea esta astilla ahora! ¡Maldita fatalidad!, ¡que el capitán, inconquistable en el alma, tenga que tener un oficial tan pusilánime!
—¿Señor?
—Mi cuerpo, señor, no vos. Dadme algo que haga de bastón; allÃ, esa lanza astillada servirá. Reunid a los marineros. Seguramente no le he visto aún. ¡Por los Cielos, no puede ser!… ¿Falta?… ¡Rápido!, llamadlos a todos.
La sospecha del viejo era cierta. Al reunir a la compañÃa, el parsi no estaba allÃ.
—¡El parsi!… —gritó Stubb—, debe de haberse quedado atrapado en…
—¡Que el vómito negro os retuerza!… Corred todos arriba, abajo, a la cabina, al castillo… Encontradle… ¡No se ha perdido… no se ha perdido!
Pero rápidamente regresaron a él con el parte de que no se encontraba al parsi en ningún lugar.
—SÃ, señor… —dijo Stubb—, atrapado entre la maraña de vuestra estacha… me pareció verle hundirse, arrastrado.