Moby Dick
Moby Dick —¡Arriad! —gritó Ajab, apartando de sà el brazo del oficial—. ¡Alerta, tripulación!
En un instante la lancha estaba virando bajo la popa.
—¡Los tiburones! ¡Los tiburones! —gritó allà una voz desde la ventana baja de la cabina—; ¡oh, amo, mi amo, regresad!
Pero Ajab no escuchó nada; pues en ese momento su propia voz se elevaba; y la lancha avanzaba brincando.
Sin embargo, la voz habÃa dicho la verdad; pues apenas se hubo apartado del barco, docenas de tiburones, surgiendo aparentemente de las oscuras aguas bajo el casco, dentelleaban con maldad las palas de los remos cada vez que éstos se hundÃan en el agua; y de esta manera acompañaban a la lancha con sus mordiscos. Es algo que no resulta extraño que les ocurra a las lanchas balleneras en esos mares infestados; siguiéndolas en ocasiones los tiburones aparentemente del mismo presciente modo con que en Oriente los buitres planean sobre los estandartes de los regimientos en marcha. Pero éstos eran los primeros tiburones que habÃan sido observados por el Pequod desde que por vez primera se habÃa avistado la ballena blanca; y ya fuera porque los tripulantes de Ajab eran todos bárbaros amarillo-tigrados, y por tanto su carne más aromática para los sentidos de los tiburones —un factor bien sabido de afectarlos en ocasiones—, fuere como fuese, parecÃa que seguÃan esa única lancha sin molestar a las otras.