Moby Dick
Moby Dick No estuve sentado mucho tiempo antes de que entrara un hombre de una particular venerable robustez; inmediatamente, mientras la puerta azotada por la tormenta volvía atrás después de admitirle, un vivo y respetuoso reconocimiento visual de toda la congregación atestó suficientemente que este buen anciano era el capellán. Sí, era el famoso padre Mapple, así llamado por los balleneros, entre los cuales era un gran predilecto. En su juventud había sido marinero y arponero, pero desde hacía ya muchos años había dedicado su vida al ministerio. En la época sobre la que escribo, el padre Mapple estaba en el duro invierno de una sana vejez; ese tipo de vejez que parece diluirse en una segunda floreciente juventud, pues entre todas las fisuras de sus arrugas brillaban ciertos leves destellos de un reciente retoñar en progreso… El verdor primaveral asomando incluso bajo la nieve de febrero. Nadie que hubiera escuchado previamente su historia podría observar al padre Mapple por vez primera sin el más extremo interés, pues en él se habían implantado ciertas peculiaridades clericales, imputables a esa aventurera vida marítima que había llevado. Cuando entró, observé que no llevaba paraguas, y ciertamente no había venido en su propio carruaje, pues su sombrero de hule chorreaba granizo derretido, y su gran cazadora de piloto de paño parecía casi arrastrarle al suelo con el peso del agua que había absorbido. De cualquier manera, sombrero y gabán y chanclos fueron retirados uno por uno, y colgados en un pequeño hueco en un rincón adyacente; momento en el que, ataviado con un correcto traje, se acercó silenciosamente al púlpito.
