Moby Dick
Moby Dick El padre Mapple se levantó, y con voz suave de modesta autoridad ordenó a la dispersa parroquia que se reuniera.
—¡Eh, portalón de estribor, desplazarse a babor… Portalón de babor, a estribor! ¡A la medianÃa del buque! ¡A la medianÃa del buque!
Se produjo un grave tronar de pesadas botas de mar entre los bancos, y un siempre más ligero deslizar de zapatos de mujer, y todo quedó de nuevo en silencio, y todos los ojos en el predicador.
Éste hizo una pequeña pausa; entonces, inclinándose en la proa del púlpito, plegó sus grandes manos bronceadas sobre el pecho, elevó sus ojos cerrados, y ofreció una oración tan profundamente devota que parecÃa estar arrodillándose y rezando en el fondo del mar.
Terminaba ésta en prolongados tonos solemnes, como el continuo tañer de una campana en un barco que en medio de la niebla está naufragando en alta mar… con semejantes tonos comenzó a leer el siguiente himno; mas, cambiando el acento al llegar a las estanzas de la conclusión, estalló con repicante exultación y alegrÃa…
De la ballena, costillas y terrores,
lóbrega desolación sobre mà enarcaron,
al pasar las olas al sol de Dios todas,
hundiéndome en la perdición me dejaron.
Vi la mandÃbula del Infierno abierta,
