Moby Dick
Moby Dick Al regresar desde la capilla a la Posada del Surtidero, encontré allí a Queequeg completamente solo; se había ausentado de la capilla poco antes de la bendición. Estaba sentado en un banco frente al fuego, con los pies sobre el hogar de la estufa, y cerca de la cara sostenía en una mano ese pequeño ídolo negro suyo; escudriñaba con atención su rostro, y tallaba suavemente en su nariz con una navaja, tarareando mientras para sí a la pagana manera suya.
Pero, al ser interrumpido, dejó la imagen; y en seguida, yendo a la mesa, tomó un gran libro, y colocándolo en su regazo empezó a contar las páginas con aplicada regularidad; a cada quincuagésima página —tal como observé—, se detenía un instante, mirando ausente a su alrededor, y profería un prolongado y gorjeante silbido de asombro. Volvía entonces a empezar de nuevo en las siguientes cincuenta, comenzando aparentemente en el número uno cada vez, como si no supiera contar más de cincuenta y únicamente fuera con motivo de tal gran número de cincuentas hallados juntos que se suscitaba su asombro ante la multitud de páginas.
