Moby Dick
Moby Dick Yo era un buen cristiano; nacido y criado en el seno de la infalible Iglesia presbiteriana. ¿Cómo podía, entonces, unirme a este salvaje idólatra en la adoración de su pedazo de madera? Aunque ¿qué es el culto?, pensé yo. ¿Acaso supones, Ismael, que el Dios magnánimo del Cielo y la tierra —incluyendo a los paganos también— puede en realidad estar celoso de un insignificante pedazo de madera negra? ¡Imposible! Pero ¿qué es el culto?… Hacer la voluntad de Dios… Eso es el culto. ¿Y cuál es la voluntad de Dios?… Hacer por mi hermano lo que quisiera que mi hermano hiciera por mí… Ésa es la voluntad de Dios. Ahora bien, Queequeg es mi hermano. ¿Y qué es lo que este Queequeg haría para mí? Pues unirse a mí en mi particular forma de culto presbiteriano. Consecuentemente, debo unirme a él en el suyo; luego debo volverme idólatra. Así que prendí las virutas; ayudé a erguir el inocente pequeño ídolo; le ofrecí bizcocho quemado junto a Queequeg; salamaneé ante él dos o tres veces; le besé la nariz; hecho lo cual, nos desvestimos y nos fuimos a la cama, en paz con nuestras conciencias y con el mundo entero. Pero no nos dormimos sin charlar un poco.