Moby Dick
Moby Dick Nada adicional digno de mención ocurrió en el trayecto; asà que, tras una buena travesÃa, arribamos sin novedad a Nantucket.
¡Nantucket! Sacad vuestro mapa y observadlo. Ved qué verdadero rincón del mundo ocupa; cómo está ahÃ, en alta mar, más solitario que el faro de Eddystone. Observadlo… Un mero montÃculo, un brazo de arena; todo playa, sin ningún soporte. Hay allà más arena de la que utilizarÃais durante veinte años como substitutivo del papel secante. Algunos graciosos os dirán que allà tienen que plantar la maleza, que no crece de forma natural, que importan cardos del Canadá; que para taponar un derrame en un tonel de aceite tienen que mandar buscar un bitoque por mar; que en Nantucket los trozos de madera se llevan en procesión como los fragmentos de la Vera Cruz en Roma; que la gente planta allà hongos delante de las casas para meterse bajo su sombra en verano; que una hoja de hierba hace un oasis, tres hojas en un dÃa de camino, una pradera; que llevan zapatos para arenas movedizas, algo parecido a las raquetas de nieve de los lapones; que están tan encerrados, enmurallados, en todo modo aislados, rodeados, y convertidos en una absoluta isla por el océano, que a veces, lo mismo que en las conchas de las tortugas marinas, se encuentran pequeñas almejas adheridas a las propias sillas y mesas. Pero estas extravagancias sólo demuestran que Nantucket no es Illinois.
