Moby Dick

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16. El barco

En la cama preparamos nuestros planes para el día venidero. Aunque, para sorpresa mía y no escasa preocupación, Queequeg me dio ahora a entender que había estado consultando cuidadosamente con Yojo —el nombre de su pequeño dios negro— y que Yojo le había dicho dos o tres veces, e insistido con fuerza en ello de todo modo, que en lugar de ir juntos a recorrer la flota ballenera fondeada, y elegir de mutuo acuerdo nuestra nave; en lugar de ello, digo, Yojo decretaba con severidad que la selección del barco había de recaer totalmente sobre mí, pues Yojo se proponía ayudarnos; y, con objeto de hacerlo, ya se había decidido por una nave, la cual yo, Ismael, si se me dejaba por mí mismo, infaliblemente descubriría, como si a todas luces hubiera ocurrido por azar; y en ese navío debía inmediatamente embarcarme, sin tener en cuenta a Queequeg por el momento.

He olvidado mencionar que en muchos asuntos Queequeg depositaba gran confianza en la excelencia de juicio y sorprendente presciencia de Yojo; y que apreciaba a Yojo con considerable estima como dios de bastante buena índole, que en conjunto quizá tenía bastante buena intención, aunque en sus benevolentes designios no siempre tenía éxito.


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