Moby Dick
Moby Dick Mientras caminábamos por el final del muelle hacia el barco, Queequeg arpón en mano, el capitán Péleg nos saludó desde su tipi en voz alta, con su áspero tono, diciendo que no habÃa sospechado que mi amigo fuera un canÃbal, y anunciando, además, que no permitÃa canÃbales a bordo de ese navÃo, a no ser que aportaran previamente sus papeles.
—¿Qué quiere decir con eso, capitán Péleg? —dije yo, saltando a la borda y dejando a mi camarada de pie en el muelle.
—Quiero decir —replicó— que debe mostrar sus papeles.
—Sà —dijo el capitán Bildad con su voz hueca, sacando su cabeza del tipi desde detrás de la de Péleg—. Debe demostrar que está convertido. Hijo de la oscuridad —añadió, volviéndose a Queequeg—, ¿estáis vos en el momento presente en comunión con alguna Iglesia cristiana?
—Claro —dije yo—, es miembro de la Primera Iglesia Congregacional.
Sea aquà dicho que muchos salvajes tatuados que navegan en barcos de Nantucket finalmente llegan a convertirse a las iglesias.
—¡La Primera Iglesia Congregacional —gritó Bildad—, caramba!, ¿la que celebra el culto en la casa de reunión del diácono Deuteronomio Coleman?
