Moby Dick
Moby Dick —¿Os habéis enrolado en ese barco, compañeros?
Queequeg y yo acabábamos de dejar el Pequod, y caminábamos alejándonos del agua, cada uno momentáneamente ocupado con sus propios pensamientos, cuando las anteriores palabras nos fueron expresadas por un extraño que, deteniéndose ante nosotros, balanceó su grueso Ãndice hacia el navÃo en cuestión. Iba pobremente vestido, con una chaqueta desvaÃda y pantalones zurcidos; un pingajo de pañuelo negro ataviaba su cuello. Sobre su rostro habÃa fluido una viruela pustulosa, y lo habÃa dejado como el intrincado lecho fluvial de un torrente cuando las vertiginosas aguas se han secado.
—¿Os habéis enrolado en él? —repitió.
—Quieres decir el navÃo Pequod, supongo —dije yo, tratando de ganar algo más de tiempo para echarle un vistazo ininterrumpido.
—SÃ, el Pequod… ese barco de ahà —dijo, echando hacia atrás su brazo entero y desplegándolo entonces rápidamente ante sÃ, con la bayoneta calada de su dedo perfectamente apuntada al objetivo.
—Sà —dije yo—, acabamos de firmar los artÃculos.
—¿PonÃa allà algo sobre vuestras almas?
—¿Sobre qué?
