Moby Dick

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19. El profeta

—¿Os habéis enrolado en ese barco, compañeros?

Queequeg y yo acabábamos de dejar el Pequod, y caminábamos alejándonos del agua, cada uno momentáneamente ocupado con sus propios pensamientos, cuando las anteriores palabras nos fueron expresadas por un extraño que, deteniéndose ante nosotros, balanceó su grueso índice hacia el navío en cuestión. Iba pobremente vestido, con una chaqueta desvaída y pantalones zurcidos; un pingajo de pañuelo negro ataviaba su cuello. Sobre su rostro había fluido una viruela pustulosa, y lo había dejado como el intrincado lecho fluvial de un torrente cuando las vertiginosas aguas se han secado.

—¿Os habéis enrolado en él? —repitió.

—Quieres decir el navío Pequod, supongo —dije yo, tratando de ganar algo más de tiempo para echarle un vistazo ininterrumpido.

—Sí, el Pequod… ese barco de ahí —dijo, echando hacia atrás su brazo entero y desplegándolo entonces rápidamente ante sí, con la bayoneta calada de su dedo perfectamente apuntada al objetivo.

—Sí —dije yo—, acabamos de firmar los artículos.

—¿Ponía allí algo sobre vuestras almas?

—¿Sobre qué?


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