Moby Dick
Moby Dick Eran casi las seis, y aĂşn sĂłlo un neblinoso, imperfecto y gris amanecer, cuando llegamos cerca del muelle.
—Ahà van unos marineros corriendo delante, si veo bien —dije yo a Queequeg—, no pueden ser sombras; parece que va a zarpar a la salida del sol: ¡vamos!
—¡Deteneos! —gritĂł una voz, cuyo dueño, que llegaba al mismo tiempo cerca detrás nuestro, puso una mano sobre los hombros de ambos e, introduciĂ©ndose entonces Ă©l mismo entre nosotros, quedĂł inclinado un poco hacia delante, en la incierta penumbra, mirando extrañamente a Queequeg y a mĂ. Era ElĂas.
—¿Embarcando?
—Quita las manos, ¿no te importa?
—Escucha-i —dijo Queequeg, sacudiéndoselo—, ¡ir fuera!
—¿No estamos embarcando, entonces?
—SĂ, nos embarcamos —dije yo—, pero Âżacaso es asunto tuyo? ÂżSabes, señor ElĂas, que te considero un poco impertinente?
—No, no, no; no me habĂa dado cuenta —dijo ElĂas, echando una ojeada lenta y asombradamente de mĂ a Queequeg con las más inexplicables miradas.
—ElĂas —dije yo—, nos harĂas un favor a mi amigo y a mĂ si te retiraras. Vamos a los ocĂ©anos ĂŤndico y PacĂfico, y preferirĂamos no ser obstaculizados.
