Moby Dick

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En extraño contraste con la difícilmente tolerable restricción, y los innominados e invisibles vasallajes de la mesa del capitán, estaba la absolutamente descuidada licencia y relajamiento, la casi frenética democracia de esos tipos inferiores, los arponeros. Mientras que sus jefes, los oficiales, parecían asustados del sonido de las bisagras de sus propias mandíbulas, los arponeros mascaban su comida con tal deleite que de ello se levantaba acta. Comían como lores; llenaban sus vientres como barcos de las Indias cargando especias durante todo el día. Queequeg y Tashtego tenían unos apetitos tan portentosos que, para rellenar los huecos dejados por la colación previa, el pálido Dough-Boy frecuentemente había de estar dispuesto a aportar un gran lomo salado entero, aparentemente extraído del buey íntegro. Y si no se espabilaba en hacerlo, si no iba con ágil zancada, entonces Tashtego tenía una poco caballerosa manera de apresurarle, lanzando un tenedor a su espalda a manera de arpón. Y una vez, Daggoo, presa de un repentino arranque, auxilió la memoria de Dough-Boy agarrándole corporalmente y poniéndole la cabeza contra una gran tabla de cocina, mientras Tashtego, cuchillo en mano, empezaba a preparar el círculo previo a cortarle la cabellera. Este mozo de cara de pan era por naturaleza un tipo de individuo pequeño muy nervioso y temblón; la progenie de un panadero arruinado y una enfermera de hospital. Y con el permanente espectáculo del negro y terrible Ajab, y las periódicas visitas tumultuosas de estos tres salvajes, toda la vida de Dough-Boy era un continuo estremecer de labios. Normalmente, tras haber proveído a los arponeros de todo lo que requerían, solía escapar de sus garras a su pequeña despensa adyacente, y mirarles con temor a través de las persianas de la puerta, hasta que todo terminaba.


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