Moby Dick
Moby Dick En este mismo asunto Ajab parecÃa no ser excepción a la mayorÃa de los capitanes balleneros americanos; los cuales, en conjunto, más bien se inclinan a la opinión de que la cabina del barco les pertenece por derecho y que sólo es por cortesÃa que alguien más es admitido allà en cualquier momento. De manera que, en auténtica verdad, más propiamente podrÃa decirse que los oficiales y arponeros del Pequod vivÃan fuera de la cabina que en ella. Pues cuando entraban, era algo asà como cuando una puerta de la calle entra en una casa; girando hacia dentro durante un instante sólo para ser vuelta hacia fuera en el siguiente; y residiendo al aire libre de manera permanente. Y no perdÃan mucho por ello: en la cabina no habÃa compañerismo, Ajab era socialmente inaccesible. Aunque incluido nominalmente en el censo de la cristiandad, era aún un extraño en ella. VivÃa en el mundo como el último de los osos pardos en el colonizado Missouri. Y cuando la primavera y el verano habÃan partido, ese salvaje Logan de los bosques, enterrándose a sà mismo en la oquedad de un árbol, pasaba allà el invierno lamiéndose sus zarpas; ¡de esa forma, en su inclemente, aullante vejez, el alma de Ajab, encerrada en el excavado tronco de su cuerpo, allà se alimentaba de las hoscas zarpas de su melancolÃa!