Moby Dick
Moby Dick ¡Y permitidme en este lugar emotivamente advertiros a vos, armadores de Nantucket! Guardaos de alistar en vuestras vigilantes pesquerÃas a ningún sujeto de frente inclinada y mirada vacÃa, propenso a la meditación inoportuna, y que se ofrezca a navegar con el Fedón en lugar del Bowditch[50] en su cabeza. Guardaos de un tipo asÃ, digo: vuestras ballenas han de ser avistadas antes de poder ser muertas; y este platónico de ojos hundidos os arrastrará diez travesÃas alrededor del mundo, y jamás os hará ser ni una sola pinta de esperma más ricos. Y, por cierto, que no son superfluos estos consejos. Pues, hoy en dÃa, la pesquerÃa de la ballena sirve de asilo a muchos jóvenes románticos, melancólicos y atolondrados, asqueados ante las agobiantes preocupaciones de tierra firme, y que buscan sentimientos en la brea y el lardo. No es infrecuente que Childe Harold ascienda al tope de algún desafortunado y desencantado barco ballenero, y en melancólico fraseo exclame:
«¡Seguid meciéndoos, vos, profundo y sombrÃo océano azul, meceos! Diez mil cazadores de lardo se deslizan sobre vos en vano».