Moby Dick
Moby Dick Con cada grito, el rostro del viejo se volvÃa cada vez más extraña y fieramente satisfecho y conforme; los marineros, mientras, empezaban a mirarse entre sà con curiosidad, como asombrados de sà mismos por entusiasmarse tanto ante preguntas aparentemente tan desprovistas de intención.
Pero de nuevo se tornaron todo ansia cuando Ajab, medio girando ahora en su cavidad de pivote, agarrando un obenque con una mano en alto, aferrándolo con fuerza, casi convulsivamente, se dirigió a ellos de la siguiente manera:
—Todos vosotros, vigÃas, me habéis escuchado antes dar órdenes referentes a una ballena blanca. ¡Observad! —sujetaba una gran moneda brillante al sol—. ¿Veis esta onza española de oro? Es una pieza de dieciséis dólares, marineros… Un doblón. ¿La veis? Señor Starbuck, dadme aquella mandarria.
Mientras el oficial cogÃa el martillo, Ajab, sin decir nada, frotaba lentamente la pieza de oro contra los faldones de su levita, como si quisiera aumentar su lustre, y a la vez, sin emplear palabra alguna, runruneaba suavemente para sÃ, produciendo un sonido tan extrañamente ahogado e inarticulado, que parecÃa el murmullo mecánico de los engranajes de su vitalidad interior.
Al recibir de Starbuck la mandarria, avanzó hacia el palo mayor con la herramienta alzada en una mano, exhibiendo el oro con la otra, y exclamando con voz potente: