Moby Dick

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36. El alcázar

(Entra Ajab: después, todos.)

No fue mucho después del episodio de la pipa cuando una mañana, poco más tarde del desayuno, Ajab, como tenía por costumbre, ascendió por el portalón de la cabina hasta cubierta. La mayoría de los capitanes de barco suelen pasearse allí a esa hora, lo mismo que los caballeros de la nobleza rural, tras esa misma comida, dan unos paseos por el jardín.

Pronto se escuchó su firme y marfileño paso ir y venir en sus acostumbradas rondas sobre unas planchas tan habituadas a su andar que, como piedras geológicas, estaban todas ellas señaladas con la peculiar marca de su zancada. Si, además, observarais fijamente esa frente surcada y marcada, allí también veríais huellas aún más extrañas… Las huellas de su único insomne pensamiento, siempre caminando sobre sus propios pasos.

Pero en la ocasión que nos ocupa esas marcas parecían más profundas, igual que su nervioso andar de aquella mañana dejaba una más profunda señal. Y tan repleto de su propio pensamiento estaba Ajab, que en cada giro uniforme que daba, ora hacia el palo mayor, ora hacia la bitácora, al volverse casi podíais ver ese pensamiento volverse en él y, al andar, andar en él; de hecho, le poseía de manera tan completa que todo parecía sólo el molde interno de cada movimiento externo.


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